Nakba, 70 años de violencia israelí y lavado de cara

Hoy, 15 de mayo de 2018, se cumplen setenta años desde la Nakba, el desastre, la catástrofe que siguió a la creación del estado de Israel en 1948 y que supuso el desplazamiento forzoso de población palestina, una guerra, y la legitimación de la violencia desempeñada desde entonces y hasta ahora por parte de Israel. A 1948, le sigue otra fecha clave en la historia: 1967, año en el que Israel ocupa buena parte de los territorios palestinos. Desde su creación, Israel ha desarrollado su táctica militar centrándose en la gestión del espacio y poniendo en práctica lo que se denomina un conflicto de baja intensidad, en el que el bulldozer se ha convertido en la máquina de guerra por excelencia, y en el que las tácticas bélicas toman la forma de demoliciones de casas palestinas, fronterización del espacio, insularización del territorio ocupado y destrucción del paisaje (y, consecuentemente, de la memoria) palestina. Un genocidio y un espaciocidio cotidianos que se desarrollan silenciosamente.

Pero que, a veces, estallan.

Ayer se inauguraba la embajada de EEUU en Jerusalén, un gesto provocador camuflado de estrategia pacificadora. Las protestas de la población palestina, ya movilizada intensamente desde el 30 de marzo, Día de la Tierra Palestina, no se hizo esperar. Ni tampoco la respuesta militar israelí, que masacró la vida de decenas de palestinas en Gaza mientras las sonrisas se multiplicaban en la solemne ceremonia de inauguración de la nueva embajada estadounidense. Esperpéntico, pero cierto.

Y, mientras todo esto sucedía, la letra de la canción de la ganadora de Eurovisión, Natte, resonaba en los oídos de media Europa aún. La noticia se hacía eco en diferentes medios: Israel gana el festival de Eurovisión con una canción feminista. La participación en Eurovisión como estrategia de normalización del estado de Israel y el feminismo como estrategia para lavar la cara de un estado colonial. Nada menos que el feminismo como estrategia para dulcificar la imagen de Israel, que se vende como la única democracia de oriente próximo. Pero utilizar el feminismo como moneda de cambio para invisibilizar la violencia colonial no es una estrategia nueva. Israel ya se ha erigido como el estado defensor de los derechos LGBTQI+ por antonomasia en otras ocasiones, y también ha intentado camuflar múltiples de sus intervenciones espaciocidas en el territorio como medidas eco-friendly destinadas a la protección del medio ambiente. Estas estrategias tienen nombre: purplewashing, pinkwashing y greenwashing, y sirven para el desarrollo de un femonacionalismo, homonacionalismo, econacionalismo. Luchas legítimas como los feminismos, los movimientos LGBTQI+ o los ecologismos, que mediante su práctica constante intentan generar modos de vida que merezcan ser vividos, se convierten en armas de doble filo empleadas para perpetuar y justificar las prácticas racistas y coloniales del estado de Israel.

Quizás este 15 de mayo de 2018 se haya convertido en uno de los días en el que de forma más nítida se ha hecho evidente el entramado que soporta la existencia de Israel: la violencia militar en Gaza proyectada sobre un telón de fondo engalanado con democráticas barras y estrellas ondeando alegremente al son de la voz de Natte, que intenta subrayar la normalidad del estado de Israel mientras defiende, con cada una de sus notas, las reivindicaciones feministas que sirven para despistar al público y esconder debajo de la alfombra la ocupación israelí de Palestina.

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