De enero a marzo en 28 días: poemas urgentes de invierno II

En cuanto dices algo interesante
-y por interesante, me refiero
a que me interese, no a que ese algo sea interesante universalmente hablando-,
empiezo a lubricar por dentro.
Y por fuera.
Me mojo.
Reviento.

Y no estoy intentando encarnar
el postureo de la persona
progre y liberada
hipersexual,
hipermalhablada
que dice joder,
hostias, coño
y todo lo que se le pasa
por la cabeza sin importar la circunstancia.
Porque queda guay y eso.

Todo se me nota en el cuerpo.
Broto, sudo, me sonrojo, lloro.
A veces, sonrío; otras, tuerzo el gesto.

Todo me lo llevo a la atracción,
no como coordenada,
sino como juego.
Territorio de intensidades.
Tensión, fuga, vértigo.

Evitar que, después de un beso,
el presente deje de ser denso
y se muera con el futuro de la
reproducción de lo siempre cierto.

Odio las mañanas del luego:
ojeras, el desayuno.
La luz del día deslumbra lo que era casi-a-punto-de-serlo.

Ya volverá la luna…

Loba.
Zorra.

Muerdo.

A veces se me escapan tequieros
por inercia.
No es eso lo que deseaba decir, ni de lejos.

No te quiero.
Ni me gustas.
Ni te espero.

Inmersión de inmanencias intensas.
In-in-in.
Intimidad.
Para adentro.
Las miradas que se entrecruzan.
Apagar la luz.
Estar a oscuras.
Desenfundar las manos,
ver con los dedos.
Tocar, tocar, tocar.
La piel es lo más profundo que tenemos.

Tocar, rozar, acariciar,
palpar, apretar, masajear,
recorrer, deambular, perder
la brújula en el trayecto.

La cavidad de una axila,
la redondez robusta de un hombro,
la espalda -¡ancha es Castilla!-,
la planta sensible del pie derecho.

El sexo es lo que habita
muy lejos del sexo.
¡A una distancia kilométrica!
Déjame el clítoris quieto:
lo que quiero es que me
acaricies el rincón
que forma mi clavícula
en el pecho.

Placeres de estar en casa,
con el radiador ardiendo
y la mantita enmarañada
y tirada por el suelo.

Recorrer no sé qué senderos,
pero no los que llevan a meter
un palo en un agujero.

Leer,
escuchar música,
quedarse dormida en el intento.

Arrancarle al mapa del cuerpo
los nombres de los lugares importantes.

Todo es llanura, meseta.
Sin cima, sin clímax.
Con goce y erizamiento de los pelos.

No hay amor que engarce los besos
que nos ponemos en el cuello.

No hay amor.

Pero, ay, amigx,
cuánto te deseo.

No se puede pretender llegar a ser cualquiera
sin riesgo de perder el nombre
y el ego.

Actividades para no pararse a llorar:
Llenar de de cosas el espacio
que habita en medio
de las olas
que mueven
con espuma y agua
la zozobra.

El tiempo de pararse
se cancela.

Leer, quedar con una amiga,
ir a un seminario en la universidad,
ver una película.
Barrer, fregar, cocinar.
Arreglar la pata que se le
había roto a la silla.
Aprender francés.
Aprender acrobacia.
Rellenar la agenda
de planes.
Escribir poemas.
Agobiarse por el futuro.
Lamentarse por el pasado.
Desaprovechar el presente.
Hacer mil recados.
Escribir cientos de correos.
Hacer ejercicio de forma enfermiza.
Ser activista, luchar por muchas causas.
Por todas.
No dejarse en el tintero ninguna.
Ecologista, feminista, pansexual,
no binaria, no monógama,
equilibrista.
Vegetariana.
Revisión en el dentista.
Ducharse.
Elaborar listas
con las tareas
que debes acometer
cada día.
Sentirse atraída por casi cada persona,
y frustrarse por no ser correspondida.
Intentar gustar a todo el mundo,
y temer perder el rumbo en el camino.

¿Vida?

Actividad frenética
para no pararse a llorar.

Arritmia.

Actividad de mierda
para no pararse a llorar.

Apatía.

Actividad ilógica
para no pararse a llorar.

Y, sin embargo,
qué rica sabe la sal
que contiene
la lágrima
que se queda
a descansar
en la comisura
de los labios.

Estallar.

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