Defender la alegría

La realidad crea las condiciones materiales necesarias que hacen posible el enloquecimiento. Como parte de los dispositivos que articulan esa realidad (capitalista, colonial, patriarcal…) se encuentra la Academia, que, de manera particular y siguiendo unas estrategias muy concretas, nos hace estallar.

1. ENLOQUECER NOS PERTENECE A TODAS

Es mayo.

20 de mayo.

Por primera vez en Madrid se celebra el día del Orgullo Loco. Desde una perspectiva rebelde y crítica contra la psiquiatrización, la patologización y la sobremedicalización de nuestros cuerpos, damos rienda suelta a nuestras consignas, manifiestos y experiencias.

El micro está al servicio de todas: ella, de setenta y pico años, nos cuenta su historia esquizo y cómo la anti-psiquiatría permitió que empezara a relacionarse de otro modo con el entorno y su propia vida; él, que está interno en una institución psiquiátrica, se ha pedido un día de permiso para acudir al Orgullo y recitar un poema con nosotras; ella nos cuenta la historia de una compañera que se suicidó hace poco, no por loca, sino por el continuo maltrato psiquiátrico-capitalista-patriarcal. El micrófono sigue pasando de mano en mano, los relatos personales (inscritos en un caldo de cultivo siempre social) no cesan.

Desde Flipas-GAM nos lo recordaban el viernes pasado en la Ingobernable: la psiquiatría que analiza y trata la locura desde una perspectiva puramente biologicista y asigna las causas de los “trastornos” solo a cuestiones de índole químico, desdibuja y distorsiona la imagen real de las cosas: la precariedad laboral-existencial-afectiva, el (no) acceso a la vivienda, el machismo nos rompen.

Todas somos vulnerables, susceptibles de enloquecer. Nada nos es ajeno. El mundo violento nos atraviesa, y nos afecta. Y el discurso del sé fuerte y tira pa’ lante no hace más que engrasar esa maquinaria que nos duele en el cuerpo.

Pero nosotras ya no queremos ser épicamente fuertes. Esa estética hollywoodiense ya no nos interesa. Nos afirmamos vulnerables: queremos cuidados e interrelaciones, no procesos heroico-individualistas. Queremos libertad, no ataduras (ni físicas, ni químicas).

El remedio definitivo no es ni una pastilla, ni una terapia: es vivir bien el buen vivir.

 

2. LA SITUACIÓN QUE NOS ROMPE EN LA UNIVERSIDAD

Sigue siendo mayo

Estudiar. Toca estudiar a saco. Es época de exámenes, entregas de trabajos. Fin de curso. Recta final. Esto cada vez se parece más a una competición meritocrática. Ah, no, espera: que eso es lo que es.

La gente socializa menos y se aísla más. Llevo días intentando quedar con un colega, y na’. Los cuerpos se hacinan en bibliotecas y salas de estudio. Son obligados a estar sentados durante horas.

En abril, algunos medios se hicieron eco de un estudio que concluía que el doctorado perjudicaba seriamente la salud mental. ¡No me extraña! La Academia nos rompe con su liturgia de consumo y producción de conocimiento. Ritmos impuestos de aprendizaje. Heteronomía del saber. Cancelar cualquier tipo de autonomía del conocimiento y de la práctica de investigar. Los créditos ECTS (Estudia Cabrona Tú Sola) que contabilizan horas en tu casa no son más que otra manifestación del dichoso trabajo inmaterial, trabajo que coloniza la vida. Que se encarna en horario ininterrumpido: 24/7, como el Carrefour de Lavapiés.

La Academia, igual que el resto de los dispositivos del mundo capitalista, ha puesto la vida a trabajar.

Ojeras, cansancio, agobio, malestar.

 

3. DESDE LA VENTANA DE LA EXPERIENCIA

Es marzo. Y esto es un flashback. Estoy recordando el final del invierno…

Llueve.

No es este un recurso barato para dotar de atmósfera lúgubre a este escrito lúgubre.

Llueve de verdad. Lleva días lloviendo en Madrid. Y no seré yo quien desaproveche las cualidades dramáticas de esta puesta en escena que me ayudan a subrayar la oscura naturaleza del relato.

Llueve, y yo me muero de angustia.

Ansiedad: presión en el tórax, dificultad para respirar, el corazón se me empotra con violencia contra el pecho, sudor, las piernas no me aguantan el peso, mareos. Me muero. Me muero, joder.

Huir.

En la consulta médica me echo a llorar. “¿Quieres que te mande algo”, me pregunta desde su bata blanca mientras rellena la receta. Pastillas. Difuminar los síntomas. Ahí afuera sigue lloviendo, pero se exige que en mis adentros, el mar esté en calma. Que mi piel sea la frontera concreta y tangible que marque el límite impermeable entre la tormenta y la quietud.

Culpable por sentirme mal, culpable por acceder a tragar, tragar, tragar… “Una antes de dormir, llévalas contigo: a veces llevarlas en el bolsillo y saber que las tienes cerca es suficiente para calmarse”.

Quedo con mis amigas S. y C.: nos pasamos libros, charlamos, nos rehacemos juntas.

Me da miedo estar sola y, también, estar rodeada de demasiada gente.

Huir. Pero, esta vez, de mí.

“Ya no quiero ser yo”, dice la canción. Y no me refiero al hecho de dejar de ser yo misma, sino al hecho de dejar de ser yo, ser un yo, ser individuo, ilusión de unidad hermética y autorrealizada por la gracia del mérito individual, independiente e intransferible capitalista. Meritocracia. Dejar de ser el cuerpo sobre el que recae toda la responsabilidad de sujetar mi yoidad, que, en realidad, no es más que la forma-del-yo que me lanzan constantemente desde fuera. Tener que coincidir con la imagen de mí misma. Me obligan a ser yo, y yo quiero ser cualquiera.

“¡No tienes ambición!” Me lo han dicho tantas veces…

¡Defender la tesis!

Ojo: de-fen-der-la.

Me imagino a mí misma mediando entre la tesis y el tribunal, florete en ristre, y gritando “pardiez, no oséis dar un paso más. Os atravieso el gaznate, vive Dios. ¡Atrás!” Defenderla a capa y espada.

¿Por qué tengo que defenderla yo?

¿Porque soy su autora? ¿Autora? ¿Yo?

La tesis es el producto de un espacio-entre e interdependiente: yo, las conversaciones, las lecturas, las entrevistas, las personas, el espacio social, las lenguas que soy capaz de entender. Muchos etcéteras.

No quiero defender la tesis de un ataque. Quiero compartírosla. Que yo es solo el espacio de su escritura, no de su razón de ser en este mundo.

Creo que poder compartirla calmaría en parte mi ansiedad (qué idea tan rocambolesca. ¡Llamadme loca, si queréis!). Más solidaridad y menos benzodiazepinas.

Acudo a un congreso y se me acelera el pulso. Mi yo (ese en el que ni siquiera creo), en peligro. Me juzgan. La gente me juzga. Nadie viene a compartir lo que sabe, sino a forjarse el yo a base de arramblar con la otra, de paso. A comerse las pollas (y digo pollas a posta, pues no está exento este ámbito de su eje patriarcal) entre ellos. Voy a un seminario y me entra taquicardia cuando me tengo que presentar. ¿Cómo presento mi yo para agradar? Broncíneo yo. Hay que bruñirlo a diario. Y (¿)yo(?) queriendo escapar.

Desempolvarme el cuerpo de tanto ego y hacerme una entre todas, posición particular en una red. Singular, sí. Particular, sí. Pero no atomizada. Miembro de la jauría.

El escaparate del yo, el CV, la carta de motivación, la de recomendación, el proyecto de investigación… El eterno proyecto que no es más que la publicidad que promete una nueva actualización del yo, como un iPhone.

El producto-yo no puede quedarse obsoleto. Y en este mandato reside la propia muerte, aunque quieran hacernos pensar que es al contrario.

Burocracia del yo.

¿Cómo se sale de aquí?

Encuentros, amigas, piel, calor.

Llueve, y este cuerpo tiembla.

Nada de defender la tesis: defender la alegría “como un destino, defenderla del fuego y de los bomberos, […] de la obligación de estar alegres” (Mario Benedetti).

Defender la alegría, vulnerabilidad en ristre.

Defenderla de esta Academia que aprieta.

[Todo esto, sin entrar al trapo de otras cuestiones: ¿Qué ocurre con los contratos predoctorales? ¿La precariedad de las investigadoras? ¿Qué ocurre con las doctorandas sin contrato? ¿Y qué ocurre con las doctorandas racializadas, madres, etc? ¿Qué ocurre cuando la Academia no tiene en cuenta la multiplicidad ni en el ámbito formativo, ni en el de investigación, ni en el laboral, cuando solo está hecha para ese sujeto, y no otro? ¿Y qué ocurre, entonces, con nuestra salud mental?]

Noticias relacionadas:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *