¿Por qué hay menos mujeres militando?

Esta es la pregunta del millón, la gran incógnita de cualquier organización. En todos los plenarios siempre nos hacemos la misma pregunta ¿Por qué en una organización que se supone que es anticapitalista, antifascista y feminista hay tan pocas mujeres? ¿Cómo es posible que las organizaciones que persiguen la emancipación de las mujeres y desmitificar los valores del heteropatriarcado no sean atractivas para nosotras? Las cuestiones son muy complejas y no tienen una única respuesta, pero nos podemos hacer a la idea de cuáles son las principales razones.

En primer lugar, hay que recalcar que las mujeres en el heteropatriarcado no hemos sido educadas, precisamente, para tener voz en los espacios políticos. De hecho, desde pequeñitas aprendemos que “calladitas estamos más guapas” y que nuestra opinión nunca se va a tener en cuenta. A lo largo de tu vida, vas a sentir el dedo acusador de la sociedad, el cual juzga cada movimiento que hagas, desde por cómo te vistes, hasta cómo son tus relaciones afectivas o sexuales y cómo deberías expresar cualquier tipo de sentimiento. Por eso, el miedo al fracaso, a no dar la talla y a no ser lo suficientemente buena en nada, es una losa que nos persigue culturalmente y que los hombres, desgraciadamente, ni atisban. En segundo lugar, porque muchos espacios militantes no son seguros para nosotras. Esta afirmación, así de primeras, puede parecer chocante e incluso insultante, pero la realidad es que es cierta.

El mundo en que nos hemos criado es un campo de violencia sin fin para las mujeres y por mucho que no nos cansemos de gritar en las manis que “la calle y la noche también son nuestras”, el caso es que no. A muchas de nosotras nos han acosado sexualmente, cosificado y sexualizado desde nuestra más tierna infancia. Pero por si no fuera poco, también hemos incorporado a la normalidad de nuestra existencia la violencia más invisible. Todas hemos sufrido que los hombres nos den lecciones, como si fuéramos imbéciles, pero también hemos soportado que nuestros padres, amigos, novios, etc., se crean con el derecho a definir quiénes somos, qué es lo que sentimos e incluso qué deberíamos hacer con nuestra propia vida. Mientras soportamos este paternalismo constante con una sonrisa en los labios, nos encargamos de todas aquellas cosas imprescindibles y necesarias sin las cuales el mundo no funcionaría, es decir, de todas las labores de cuidado que necesitan nuestros familiares y amigos. Un trabajo que jamás será ni reconocido ni recompensado.

Es evidente que el mundo no es un lugar seguro para nosotras, pero todas cometemos el error de creer que toda esa violencia no va a existir cuando militemos en un espacio feminista. Y nos equivocamos, porque al dar por hecho que nuestros compañeros están formados, deconstruidos y son aliados del feminismo suponemos que estamos en un espacio seguro y eso nos paraliza o deja en estado de shock cuando somos víctimas de alguna agresión.

La falta de seguridad en el espacio se refleja en cuestiones que todas hemos normalizado como cotidianas, pero que no deberíamos tolerar. Por ejemplo, no es normal que un fulano esté hablando durante 25 minutos en las asambleas recreándose en su rol de macho alfa sin dejar intervenir a las compañeras. Tampoco es lógico sentir que tus opiniones no se tienen en cuenta porque después de hacer una propuesta nadie te haga caso mientras que tu compañero varón, que ha intervenido 5 minutos después diciendo exactamente lo mismo que tú, haya sido apoyado por toda la asamblea. Por si fuera poco, siempre te tocan hacer las cosas que nadie quiere hacer como limpiar el local, repartir panfletos a las 6 de la mañana o hacer pancartas durante horas mientras tus compañeros varones se te quedan mirando mientras se fuman un cigarro. De las cosas importantes, como organizar piquetes, dirigir campañas o ser la voz del colectivo, ya se encargan ellos.

Todas esas microviolencias las soportamos, nos las callamos y las asumimos, pensamos que tal vez estemos exagerando. Pero un día las micro empiezan a ser macro. De repente ves a tu colectivo difamándote, juzgándote por tu vida sexual y empiezas a pensar cómo coño ha pasado todo esto. Pero no solo eso, si no que un día, uno de tus compañeros, una de esas personas en las que confías porque se supone que es un aliado feminista, te agrede. Te acosa. Te viola.

Las agresiones machistas en los espacios militantes suceden todos los días, si no se dice nada es porque no existen protocolos de actuación y, cuando los hay, ni si quieran se respetan. De repente, por arte de magia, una mujer que participaba en todas las comisiones y era de las más activas del colectivo se va. No se hace ningún tipo de seguimiento emocional, no preguntamos ni indagamos. Damos por sentado que las excusas que nos ha expuesto para dejar de participar: los exámenes, el trabajo, la familia…, son condicionantes que ya existían cuando empezó a militar pero aun así se va. Se va porque no puede soportar la mirada de su agresor en la asamblea, ni su intervención sobre lo maravillosas que le parecen las formaciones feministas de ese año. No puede aguantar tanta hipocresía y se exaspera. Denunciar no es una opción, porque tiene un carguito en la organización x, y todas sabemos cómo va a funcionar esto, la van a tachar de loca y paranoica. Piensa en el cuestionamiento continuo y el calvario de comunicados, reuniones y solicitudes de veto o expulsión que va a tener que aguantar, y decide que no puede afrontarlo. Porque además sabe que va a dividir el movimiento, porque siempre hay militantes u organizaciones que van a apoyar o encubrir al agresor, así que la culpa por dividir la lucha o por no ser “una buena feminista” porque no le ha señalado le reconcome, así que prefiere irse y gestionar, ella sola, todo el sufrimiento.

Esto ocurre demasiado a menudo. Siempre alguna compañera te cuenta a título personal, pasado un tiempo que se fue porque fulano la agredió, acosó, violó, maltrató, etc., y que no denunció por todo el calvario que le esperaba. Han visto que las que se dignan a contarlo por pura sororidad, porque sienten que tienen que proteger a su compañeras de ese tipo y de todos los que les amparan, no reciben apoyo, sólo cuestionamiento continuo donde se suceden situaciones ridículas, donde tienes que explicar qué es y qué no es machismo o cuestionan tu relato de los hechos constantemente.

En definitiva; no convirtamos el señalamiento de agresores en una carrera de obstáculos, no cuestionemos, ni juzguemos a las víctimas, no demos validez a las versiones del agresor y sobre todo seamos unánimes y tajantes. Que lo de “ni una agresión sin respuesta” sea de verdad y no una mera consigna de las manis.

Así que no esperemos más, deconstruyamos lo aprendido por el patriarcado, formémonos, cuidémonos y creemos de verdad espacios seguros para todas las mujeres.

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