Esta vez sí: tomamos el césped

“La conquista del césped” . Ya habíamos avisado de que esto pasaría. Parecía una coña pero iba en serio. Pensaréis que tenemos una especie de don profético, un acceso privilegiado a la verdad revelada pero va a ser que no. Lo que hemos tenido ha sido el valor de tomar y hacer en vez de pedir y esperar; de juntarnos, de mezclarnos; de pasar del yo al nosotras. Un nosotras de límites difusos que va mucho más allá de las cuatro frikis que formamos Voz Autónoma y que si estás leyendo esto quizá te incluye también a ti.

Desde luego, esta no es la primera vez que asaltamos el césped para hacerlo nuestro. Ahí quedan las sangriadas organizadas por las asociaciones de estudiantes, por no hablar del ya histórico Festival de Primavera, heredero del Festival de los Pueblos Ibéricos que desafió al régimen franquista. Sin embargo, hoy ya no vienen los grises, tan solo la seguridad del campus (sin mucho ímpetu la mayoría de las veces). Quizá no les pagan tan bien, quizá saben que jugamos en casa y que vamos a ganar igual.

Pero creemos que no se trata solo de grandes eventos, de festivales y raves masivas. No es que no nos gusten —joder, nos encantan—, pero nos cuesta escapar: la pura evasión, el desfase, quizá son necesarios a veces pero se nos quedan (muy) cortos. Incluso, a veces, asusta pensar hasta qué punto replicamos el modelo de ocio alienante, basado en el consumo, de ese mundo mercantilizado y acelerado que tan poco nos gusta. Nos hace pensar cuánto pintan las drogas en todo esto (sí, las drogas, cualquiera que se haya asomado alguna vez a la calle, al parque, al bar, a la farmacia las habrá visto, empezando por el alcohol). ¿Con qué criterio se consumen? ¿Son aquí un catalizador de vínculos comunitarios o puro hedonismo narcisista? ¿Pierde la réplica infinita del contexto su vocación transgresora? Además, también asusta ver la cantidad de mierda que somos capaces de generar en un día (y que al menos —quizás para desgracia de rectorado— fuimos capaces de recoger).

Pero tampoco nos engañemos, no se trata de mantenerlo bonito, de no estropearlo, de que quede intacto (porque ya lo avisamos también, queremos dejar huella). No se trata de dar simplemente uso a ese pedazo de tierra que está ahí, que no es de nadie, que la institución se preocupa de regar y mantener verde. No se trata de pedir permiso, ni siquiera de exigir. Tomar el césped es convertir lo público en común: habitarlo, cuidarlo. Convertir el espacio en un territorio  sobre el cual se articule la cotidianidad y sentir el vínculo. Romper con la rutina del casa-cosa con ruedas-uni y vuelta a la ratonera privada de cada cual. Juntarnos, construir comunidad. Los grupos de colegas que andan por ahí todo el día haciendo slack lo saben. Las chavalas que organizan picnics comunitarios también. Jam sessions, talleres, juegos, charlas, clases al aire libre… No hemos inventado la pólvora, simplemente hemos prendido la mecha.

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