“El Matadero” en la Plaza Mayor

Memoria reciente: últimos coletazos del invierno del 2016, casi primavera. Parece que fuera ayer. Aunque el Atleti todavía no se había mudado al Metropolitano, no todo ha cambiado tanto desde entonces.

De hecho, salvo lo del Atleti, casi nada ha cambiado por aquí.

Pensemos en una performance. El escenario es la Plaza Mayor de Madrid. Los figurantes son personas que un día cualquiera van de aquí para allá, cruzan la plaza en diagonal o bajo los soportales; unas miran el móvil, otras al suelo y el resto al frente o a un lado de forma indistinta mientras caminan. Pero nadie ve nada.

Todo esto conforma un marco cotidiano más que conocido en el que ahora se abren dos frentes. Y en cada uno de ellos se sitúa uno de los protagonistas. Aclaremos que estos son protagonistas colectivos: no tienen carné de identidad con nombre y apellidos ni voz propia en esta escena. La nacionalidad les viene dada casi de chiripa. Además de eso, solo tienen color y clase social; y son estos elementos los que hacen de ellos dos actores colectivos y no setenta individuales. Unos son ricos y otros pobres; es sencillo.

De un lado están quienes beben cerveza en una terraza bajo un sol que los sorprende y les agrada sobremanera. En su Holanda natal, las nubes suelen taparlo. Son blancos y rubios y quieren vitamina D y cebada y lúpulo y quizá unas aceitunas para reunir fuerzas antes del partido. Han viajado desde Eindhoven para jalear en el fondo norte del Calderón, en la parte superior de la grada, donde en invierno golpea el aire gélido soplado por el Manzanares y de donde suelen caer las bengalas de los ultras no autóctonos. Son hinchas del PSV y se preparan para esta noche; en unas horas su equipo se juega el pase a los cuartos de final de la Champions League contra el Atleti.

Son hinchas del PSV y se preparan para esta noche

Del otro lado están las gitanas. Tienen la piel morena y agitan un vaso vacío, o con un par de monedas que hacen de reclamo, frente a los transeúntes. Llevan pañuelos de colores vivos que cubren su pelo negro y tienen el rostro curtido y arrugado por la edad, el sol, la lluvia. Se reúnen de vez en cuando en el centro de la plaza, a los pies de una estatua de un rey que nunca fue el suyo y que monta a caballo. Allí hacen el recuento, se dicen algo en romaní y vuelven a dispersarse. Las largas faldas, con dibujos y formas geométricas, ondean a su paso y les van rozando los tobillos. A la noche, cuando empiece el partido de Champions, habrán conseguido unos cuantos euros y puede que den por terminada la jornada.

Ambos actores colectivos, por lo que se ve, funcionan bien por separado dentro de la escena. No crean problemas. Unos beben; otras trabajan. El conflicto surge cuando convergen, y es ahí donde se encuentra el núcleo de la performance y su punto de arranque.

Es posible imaginarse al primer holandés rubicundo lanzando un euro desde la terraza donde le han clavado seis por la birra. Lo ve rebotar en el suelo y, como un niño que persigue con la vista una canica, espera una respuesta. Puede que otros hinchas lo imiten lanzando también lo que llevan suelto en la cartera. Puede que no sean siquiera monedas de un euro. También es posible imaginar una pequeña turba de gitanas arremolinándose sobre los céntimos, compitiendo a codazos por cuatro duros. Como si les fuera la vida en ello. Como si… tal vez algo hay de eso detrás de aquella vehemencia.

Para cualquiera que tenga fresca la lectura de El Matadero, de Esteban Echeverría, será sencillo relacionar escenas. Del Madrid de 2016 al Buenos Aires del siglo XIX. Casi nada. En el texto del escritor argentino, los habitantes más pobres de la ciudad pugnan entre ellos —pero también con los perros, las gaviotas o las ratas— por la grasa y las vísceras que desprecia el carnicero. Pelean a cuchillo y se guardan las tripas y el sebo donde pueden: en la ropa, entre las tetas: cualquier lugar es válido. Un espectáculo grotesco, lamentable, que a priori podría creerse del todo ficticio y cuyo correlato real, por bestial y repulsivo, parece lejano, lejanísimo en el tiempo y en el espacio.

Obviamente, no es así.

Como si les fuera la vida en ello. Como si… tal vez haya algo de eso detrás de aquella vehemencia

Si bien comenzamos jugando a que la escena era imaginada, esto no es cierto: no es ninguna performance y no pertenece a la ficción. Es una escena real que pudo verse en directo, luego en vídeo, en Twitter o Facebook, y más tarde en la tele. Como siempre: en este orden. En uno de los vídeos podía verse que a la primera lluvia de monedas le sucedió otra y también las risotadas y los tragos de cerveza de los holandeses, complacidos al ver arrastrarse a las gitanas por la calderilla, por los restos, por una miseria que ellos desprecian. El espectáculo de la humillación del otro, también un ser humano pero —qué sé yo— un ser humano inferior, ya degradado, debían de pensar ellos.

—Por eso se levantan satisfechas —se decían en su holandés ebrio—. Míralas: si hasta parecen agradecidas.

Así veían confirmada su tesis y volvían a lanzar monedas. Después se produjeron otras vejaciones, pero con lo escrito basta. Quien quiera saber más tiene a su disposición el vídeo en internet. En él se ve cómo la policía llegó al rato con su habitual gesto adusto, con su paso firme y decidido, y los invitó a marcharse. Por las informaciones que ofrecían los medios, de identificarlos, nada. Para qué. Lo de identificar es para las manifestaciones; es ahí donde están los delincuentes. Pero hasta ahí sabemos. Llegó la policía y entonces se cortó la grabación; nada puede saberse de lo que ocurrió después.

Por eso, porque no hay más información, podemos volver la vista de nuevo a la performance; podemos creer de nuevo que era una performance.

Los dos frentes divergen, los dos actores colectivos se separan en la escena y termina el conflicto. La tensión desaparece. Las gitanas vuelven al curro y los holandeses se marchan a otro lugar donde poder matar el tiempo. Aún quedan unas horas hasta que empiece el partido y en Madrid el sol de invierno entibia las calles. Las gitanas agitan los vasos, ahora con alguna moneda más que suena al chocar contra otras y contra el cartón. Algunas bromean entre sí en su lengua. Los figurantes siguen andando y una mujer extrae un megáfono del bolso y grita:

Todo lo que ha sucedido aquí pertenece a la ficción. Las personas que han visto participar en esta escena son actores y actrices profesionales. Sin embargo, les rogamos que reflexionen sobre el espectáculo que han presenciado. Es importante que lo hagan, ¿de acuerdo? Muchas gracias por su atención. Que sean felices.

Rafael Alvértigo

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