Por las que aún no pueden

¿Te animas a escribir algo sobre el 8M? Estaría genial incluir el testimonio de una mujer trabajadora que además es madre, como tú”. La invitación me llega en forma de audio de WhatsApp que escucho en una estación de servicio en algún lugar entre Lleida y Barcelona, de vuelta del primer viaje de mi vida que hago sola, con 31 años. Diez minutos antes de coger el móvil sonaba en la radio del coche Girls just wanna have fun, una canción que para mí siempre fue triste, aunque Cindy Lauper se empeñase en cantarla alegre. “¿Qué tiene de alegre si las chicas quieren divertirse y no pueden?”, me decía. Las tres últimas palabras siempre acompañadas de un estallido de llanto desconsolado. “Y no pueden”.

Así que cuando la canción comienza a sonar me preparo para la catarsis inminente y me dispongo a pasar los siguientes minutos cantando en voz alta, compadeciéndome de mí misma y llorando sin contención. Y lloro. Lloro como si quisiera expulsar del cuerpo todas las violencias de más de diez años de maltrato, hasta que una sensación de alivio me invade todo el cuerpo y me doy cuenta de que estoy sonriendo tanto que me cuesta mantener los ojos abiertos. Este mes se cumplen dos años desde que me separé y acabo de reconciliarme con Cindy. Continúo llorando, sonriendo y cantando, cada vez más alto, dejándome salir con todas las compuertas abiertas, a chorros. Y entonces la frase más demoledora me sacude: “Some boys take a beautiful girl and hide her away from the rest of the world”. “He vuelto al mundo, había desaparecido, pero he vuelto al mundo, joder, he vuelto al mundo”, me repito mentalmente, y decido parar en la siguiente estación de servicio a disfrutar que estoy viva y que quiero estarlo. Vuelvo a tener amigas y proyectos y hace dos años que apenas pienso en el suicidio.

Hay quien dice que te ves envuelta en una relación de maltrato poco a poco, sin darte cuenta. Yo, en cambio, recuerdo nítidamente cuándo y cómo fui desapareciendo: cuándo dejé de ver a mis amigas, cuando la comunicación con las pocas que permanecieron se volvió anecdótica, el miedo al llegar a casa, los argumentos a los que me aferraba para quedarme, las palabras que me repetía al autolesionarme, la vergüenza después al ver mi cuerpo hecho escombro, la soledad, la ficción, la mirada al vacío, la culpa, llorar del agotamiento. “Qué familia tan bonita hacéis, tan jóvenes, tan unidos y ya con una hija”. Morderme la lengua, disimular el escalofrío punzante y sonreír por fuera. Las pocas amigas que se dieron cuenta de que algo no iba bien no supieron qué hacer salvo esperar en la distancia.

 

Y entonces escucho el audio y me pregunto si hay algo que yo pueda escribir del 8M. He estado en algunas asambleas, pero no me he implicado en la organización. He pasado los últimos dos meses desconectando de algunas militancias para cuidarme, tratando de tomar distancia para reflexionar sobre lo que hago y lo que quiero hacer. Últimamente echo de menos el feminismo que me mantuvo en pie durante los años más duros, un feminismo que no era el de los espacios politizados. Que ahora oigo hablar de crianza colectiva y de reparto de la carga de cuidados, pero las mujeres que cuidaron de mí y de mi hija no eran mujeres politizadas. Eran otras madres que se ofrecían a recogerla del cole y la invitaban a sus casas a jugar con sus hijas si a mí me veían cara de cansada, que bajaban merienda de sobra al parque por si a alguna de las otras madres no le había dado tiempo a prepararla, que no te juzgaban porque sabían muy bien lo que era sentirse invisibles y deslegitimadas, que te hablaban de sus experiencias y escuchaban las tuyas haciéndote sentir que con independencia de nuestra edad, etnia, procedencia… a todas nos atravesaban vivencias y violencias compartidas como madres. A veces siento que nada de lo que hago ahora como feminista es tan valioso como aquello que compartía con esas mujeres.

 

Reescucho el audio y sigo sin saber qué puedo escribir sobre mi experiencia si para buena parte del movimiento feminista la maternidad es casi solo un objeto de debate teórico y a veces ni eso, si seguimos sin saber cómo ayudar a nuestras amigas que sufren la violencia de criar solas o en pareja, si me desgarra saber que invertimos más tiempo en conflictos internos que en buscar a las que desaparecen, si yo no tengo ganas de convencer a ninguna mujer de hacer la huelga o de salir a manifestarse. Las mujeres de mi vida saben todas bien lo que es ser mujer en este mundo de mierda y son todas ellas ejemplo de dignidad hasta cuando caen. A las que deciden no sumarse no voy a explicarles con condescendencia lo que ya saben.

 

Reescucho el audio de nuevo y me dejo el tiempo para pensar en mis contradicciones. Por un lado, soy consciente de hasta qué punto no me siento representada por la mayor parte del movimiento feminista. Por otro lado, el feminismo me salvó de mi muerte en vida, quizás también de la muerte a secas, y sigue habiendo espacios y sobre todo mujeres feministas que me sostienen y cuidan, mujeres que hacen huelga y van a la manifestación y mujeres que no, mujeres que no creen en ninguna huelga y mujeres que no se sienten representadas en esta, mujeres que se dicen feministas y mujeres que no lo dicen pero lo hacen.

 

¿Y tú qué quieres hacer?”, me digo al saber unos días antes del 8 que algunas amigas no irán a la manifestación. Entonces pienso en todo el tiempo en que jamás me hice esa pregunta y lo veo claro. Decido ir por una razón muy simple: durante diez años tuve que pedir permiso a un hombre hasta para manifestarme y, cuando lo hice, me sentí culpable por no cuidar a mi hija durante esas horas. Así que, básicamente, este año decido salir para celebrar que por fin puedo.

 

Con una razón tan personal comprenderéis que no he tratado de convencer a nadie de tomar mi misma decisión. Hagamos lo que hagamos, yo solo deseo que cada 8 de marzo las mujeres trabajadoras nos dediquemos a abrazarnos, a llorarnos, a escucharnos y a reconocernos, a pesar de nuestras diferencias, o gracias a ellas. Y que cada 9 de marzo las invisibles se sientan menos solas y que las que tenemos espacios para alzar la voz dejemos de mirarnos los ombligos y nos (des)vivamos para que el año que viene seamos más mujeres celebrando que por fin podemos.

A.

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