Orientalismo y cultura mainstream: El Señor de los Anillos (II)

Esta es la segunda parte el artículo, puedes leer la primera aquí.

Referencias históricas esencialistas.

Existen varios factores que indican que Tolkien se está inspirando en la percepción estereotípica de Occidente de los pueblos de la costa mediterránea y el Este de Europa. Uno de los pueblos de la estepa, que él llama Khand, se caracteriza por ir a combatir armados con grandes hachas de guerra. Da a entender que es gente ruda que vive de la guerra y cuya producción cultural es escasa. Los guerreros que Tolkien destaca de éste pueblo son los Variags, los más hábiles de entre los suyos. El término “variag” está claramente tomado de la denominación que reciben los principados del antiguo Rus precristiano durante la Alta Edad Media, y de hecho la Guardia Varega era la guardia del emperador del Imperio Bizantino y sus integrantes solían ser, precisamente, o del Rus o escandinavos.

Olifantes

El caso de los haradrim es más sintomático. Para empezar, el hecho de que estén organizados en pequeños reinos o tribus y que vivan en el desierto da, ya a primera vista, una cierta reminiscencia a la visión romántica orientalista sobre los beduinos. Tolkien, sin embargo, va más allá añadiéndoles una estética de habitantes del desierto –turbante para taparse de las tormentas de arena- muy característica. Los habitantes de Harad, además, cuando acuden a ayudar a Sauron en su invasión de Gondor llevan un arma que aterroriza a los hombres del Bien: los olifantes. Éstos son estéticamente muy similares a los elefantes, aunque en su versión horripilante por ser criaturas empleadas por el Mal. Sobre ellos los haradrim instalan torres de madera con arqueros. La historia antigua nos da muchos ejemplos de elefantes aterrorizando a pueblos occidentales: los ejércitos de Alejandro los vencieron a duras penas en el Indo, los romanos los enfrentaron y por poco los ven arrasar las calles de Roma tras las guerras con Tarento y con Aníbal. Los haradrim son, así, una referencia a ese concepto difuso que Occidente tenía de los pueblos de Oriente Medio, especialmente los árabes y los persas. Otra cuestión interesante es la presencia de soldados “negros” y “monstruosos” entre las tropas de los hombres de Harad.  Tienen una fuerza enorme y sólo habitan en las tierras del Sur. El paralelismo entre Harad y el Sham y el Magreb es evidente. La ciudad de Umbar también tiene una estética orientalista. De ella salen los corsarios que, apoyando a Sauron y los haradrim se dedican a saquear la costa Sur de Gondor, impidiendo que su gobernante concentre sus defensas en un solo lugar. Umbar es el equivalente a lo que en España se conocía como las costas de Berbería, de las que salió el pirata Barbarroja: un líder muy apto para ser romantizado y que encaja muy bien en los estereotipos orientalistas. Otro matiz relevante es que los barcos de los corsarios so son los galeones con los que se suele representar a los piratas occidentales, sino galeras, barcos a remo como los que realmente usaban los piratas berberiscos, por ser aptos especialmente para navegar en aguas interiores, como las del Mediterráneo. Emma Brink responde a estos argumentos citando a Chism para aseverar que estas poblaciones no son presentadas como intrínsecamente malvadas. Es cierto que no lo son: hacen parte de la especie de los hombres, que está dividida entre el Mal y el Bien. La cuestión es que son precisamente las poblaciones del Este y las del Sur las que han sido corrompidas, y no las del Oeste.

Tropas de Harad

Los orcos –criaturas deformes que sirven a Sauron- de Mordor, por su parte, también muestran cómo Tolkien aúna Oriente, o el Este, con el Mal. Todas las espadas mencionadas en el libro y que pertenecen a un humano o un elfo, son simplemente llamadas espadas. Las de los orcos, en cambio, son cimitarras.

Se puede especular también con paralelismos con la historia de Europa fáciles de entrever, y que mencionaré brevemente: es reseñable el caso del asedio de Minas Tirith –Viena, 1683-, la capital del reino de Gondor –Sacro Imperio Romano Germánico-, por los hombres del Este, haradrim y orcos de Mordor –serbios y tártaros, árabes y turcos- lanzado desde la antigua capital de los hombres del Oeste en tiempos de esplendor, que unificaba varios reinos entre los que se encontraba, precisamente, Gondor, que es todo lo que queda de él –Constantinopla, antigua capital del Imperio Romano de Oriente y del Imperio Bizantino-. El asedio es roto por la llegada del futuro Rey Aragorn –el Kaiser Leopoldo I- con refuerzos del Sur, pero principalmente por la aparición inesperada del ejército rohirrim –polaco- que lanza una potentísima carga de caballería contra un enemigo que ya ha iniciado el asalto frontal a la ciudad. Los paralelismos no acaban aquí: el comandante de Mordor no es Sauron en persona, sino su mano derecha, el Jinete Negro, o Rey Brujo, siendo el líder del ejército otomano en el momento histórico paralelo a este suceso el Gran Visir Kara Mustafá. Kara, en turco, también significa negro. La batalla en la que se rompe el asedio a Minas Tirith, por lo tanto, es una reminiscencia evidente a la de Kahlemberg, en la que el Sacro Imperio derrota al ejército otomano a las puertas de Viena.

Por su parte, la muerte de Boromir, que se enfrenta a innumerables enemigos prácticamente en solitario antes de caer, recuerda claramente a la Canción de Roldán. El propio Boromir, que cae sonando su cuerno como hizo también el franco, muere a manos de las tropas del traidor Saruman, mientras Roldán es asesinado por los vascos que, traicionando a Carlomagno, atacaron su retaguardia cuando éste se retiraba de la Península Ibérica. Otros dos personajes hermanados son sin duda Gandalf el Blanco y el Cid. Ambos caídos en combate, ambos regresan tras la muerte en el momento más oscuro para rescatar a los suyos. Ambos son también inseparables de sus caballos, regalados por amigos poderosos.

El contexto colonial.

El contexto de la Guerra del Anillo no puede entenderse de manera aislada. Como ya he mencionado, la historia del viaje de Frodo es sólo un breve lapso de la historia del mundo. En la misma saga hay constantes alusiones al pasado, y por ello hay ciertas cuestiones que deben ser mencionadas.

En el mundo de Tolkien hay, básicamente, dos grandes continentes separados por el mar y unidos entre sí tan sólo por un pequeño Istmo en el Norte de ambos. Los numenoréanos, es decir, los antepasados de las clases dirigentes de Gondor, habitaron siempre un archipiélago situado entre ambos continentes. El primero en ser habitado fue el occidental, pero muchos elfos emigraron al otro, en particular a sus costas de Poniente, y colonizaron un amplio espacio del lugar, que llamaron “La Tierra Media”. Los hombres de Númeror hicieron otro tanto cuando sus islas se inundaron y desaparecieron bajo el mar. Tolkien menciona que en su huida los hombres sólo consiguieron rescatar nueve barcos, y por lo tanto pocos se salvaron de la catástrofe. Ahora bien, el reino que fundaron en la Tierra Media fue muy poderoso, así que podemos deducir que dominaron a los nativos de la zona. En la saga se remarca constantemente que los viejos linajes de Númeror están en decadencia por mezclarse con la sangre de “hombres inferiores”. En efecto, los hombres de Númenor – en la línea de las primeras generaciones bíblicas- vivían muchos más años que un ser humano normal Los primeros reyes llegaron a gobernar durante siglos, pero poco a poco la vida de los numenoréanos se acortó. Durante la historia de la Guerra del Anillo quedan muy pocos de ellos, todos muy poderosos y con grandes capacidades para “conducir a los hombres”. Los líderes de la ciudad corsaria de Umbar, por cierto, también son antiguos numenoréanos que se rebelaron contra el rey de Gondor. El conflicto, pues, entre el Bien y el Mal encierra cuestiones más complejas. Los hombres de la Luz están liderados por hombres superiores venidos de occidente y en cambio, los hombres de la oscuridad, son nativos corrompidos. La superioridad de los hombres del Bien, se entiende, no es sólo moral, es también racial. Si a todo esto le añadimos que Tolkien lleva al lector a identificarse precisamente con los numenoréanos podemos entender que no sólo se “esencializa” al Oriente en la Tierra Media para asegurar la percepción de una superioridad cultural y ética de los gondorianos, sino que se los considera superiores racialmente y con más derecho a gobernar que el resto. La independencia de estas poblaciones sólo queda garantizada, al final de la saga, por la clemencia del Rey de Gondor. No olvidemos que el público para el que Tolkien escribía, el que debía sentirse identificado con los elfos, Gondor y Rohan, era el británico.

Zakarya Anwar resalta, entre otras cosas, que Sauron puede ser un paradigma de la industrialización y por lo tanto se le puede atribuir el rol, de “civilización”, siendo pues los Pueblos Libres, los bárbaros. El argumento no se sostiene, sin embargo, porque el mal sigue viniendo del Este, con sus pueblos totalmente esencializados. La cuestión sólo abriría un debate sobre el tradicionalismo del autor, que no aclararía si su obra es o no orientalista. La misma autora, además, establece una comparación entre la saga de Tolkien y la obra de Joseph Conrad, en particular su libro El Corazón de las Tinieblas. Argumenta la autora que tanto el Congo como Mordor están poblados por esclavos y que los autores manifiestan cierta simpatía por ellos. En el caso de Tolkien la simpatía que ve Anwar es inexistente: esos esclavos son orcos, criaturas creadas por y para el mal. Que se narre cómo les afecta la tiranía de su amo no les hace evitar su condición de criaturas crueles y malvadas por naturaleza. El simple hecho de poder comparar a orcos –que, recordemos, ni siquiera son humanos- con esclavos congoleños debería ayudar a definir la obra de Conrad, no a justificar según qué perspectivas de Tolkien.

Conclusión.

El Señor de los Anillos, dice uno de los protagonistas, es la historia de una ida y de un regreso. El viaje que se narra en los libros permite a Tolkien describir un mundo muy variado y muy polarizado. Sin embargo, si bien el mundo del escritor británico es totalmente inventado –llegó a crear idiomas completos y complejos para el mismo- no evita que su percepción del mundo real influya decisivamente en su creación. Los libros, a pesar de la aparente complejidad y de lo densa que a veces es su lectura, son fáciles de seguir y consiguen rápidamente lo que se propone su autor: que el lector, un ciudadano occidental –británico- de clase media que vive cómodo en su rutina, se identifique con un individuo insignificante, Frodo, cuya existencia desahogada y feliz se ve alterada de pronto por pura casualidad y viéndose obligado a emprender un viaje casi suicida con el objetivo de salvaguardar  su modo de vida. Tolkien, a través del personaje que guía a Frodo parte de su viaje, Gandalf, manda el mensaje de que hasta la criatura más pequeña puede cambiar el curso de la historia. Ese personaje a priori insignificante es su lector y así los personajes principales de la saga están tallados a lo que es, para el escritor, su imagen y semejanza. Los cuentos –y Tolkien era, esencialmente, un cuentacuentos-, muchos de los cuales provienen de las tradiciones populares, están siempre llenos de estereotipos y prejuicios, pues los lectores también los tienen. El escritor se inspira en la historia europea y en sus tradiciones para construir una obra que tuvo una repercusión inmensa. Quizá éste éxito también provenga de que los hechos narrados en El Señor de los Anillos, a pesar de estar llenos de criaturas y objetos nuevos y fantásticos, no sobrepasan demasiado la zona de confort intelectual del lector novel.

Zenón

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