Los orígenes represivos de la UAM

En un estado como España es sorprendente la cantidad de infraestructuras, instituciones y símbolos que tienen un origen oscuro. Una Guerra Civil y más de 40 años de dictadura franquista dan para mucho. Desde los famosos pantanos, muchos de ellos construidos utilizando como mano de obra esclava a prisioneras de guerra del bando antifascista, hasta el callejero, repleto de nombres de criminales franquistas, pasando por la Universidad Autónoma de Madrid. Pero vamos a contextualizar esto: ¿Cuándo, por qué y para qué se ordena construir la UAM? ¿Qué tiene que ver la UAM con el franquismo y la represión?

Nos encontramos en los años ‘60, en los que se va fraguando una oposición al régimen franquista cada vez mayor. Una de las puntas de lanza de esta creciente oposición son las protestas universitarias, sobre todo del movimiento estudiantil, pero también de profesoras. Cuando en el Decreto-Ley 5/1968 se ordena la creación de la Universidad Autónoma de Madrid, está aún fresco el recuerdo de las protestas estudiantiles que desde 1956 venían sucediéndose a lo largo y ancho de la geografía universitaria española y que alcanzaron su cénit en 1968 (al igual que en París, México o Berkeley). El régimen franquista necesita urgentemente frenar esta creciente oposición e impedir que se contagie a otros sectores, y para ello una de las vías a las que recurre es dispersar a las estudiantes entre sí y alejarlas de los centros políticos, los barrios obreros y, en general, del espacio público. Así, con el pretexto de desmasificar las aulas, se construye el campus en Cantoblanco, un lugar estratégico por varias razones: la primera y más evidente, su localización, a las afueras de la ciudad; la segunda, que se encuentra en una depresión del terreno, lo que facilitaba la vigilancia y el control de la zona por las fuerzas de seguridad; y la tercera, la escasa distancia que lo separa de la base militar “El Goloso”. Dicho esto, ya sabéis a quienes tenéis que dar las gracias por esos apasionantes trayectos en autobús o cercanías.

Sin embargo, la huella de la represión franquista en la UAM no acaba aquí. Todas hemos pasado por alguna de las facultades más antiguas, las que conforman el bloque que va desde Filosofía y Letras hasta Ciencias. Pero, ¿alguna vez te has preguntado por qué hay tantos tramos de escaleras en pasillos rectos? Parece ser que uno de los objetivos de este diseño sería dificultar la huida de quienes participaran en las protestas estudiantiles cuando la policía entrase en las facultades. Y así ocurre también con otros aspectos del diseño arquitectónico de estas facultades: la planta en forma de “V” y los patios interiores permitían contener y acorralar a las estudiantes más fácilmente que si se tratase de edificios con numerosas salidas y espacios amplios; lo mismo se puede decir de los angostos y laberínticos pasillos del interior de los módulos o de las ventanas, llenas de rejas.

De hecho, no tuvieron que esperar demasiado para poner todos estos planes en práctica. El 25 de octubre de 1971 el campus de Cantoblanco es inaugurado por Franco, junto al entonces príncipe Juan Carlos y al rector Sánchez Agesta. Casi inmediatamente después, estalla una oleada de protestas estudiantiles cuyo punto álgido sería el boicot a los exámenes de junio de ese mismo curso. Los motivos: la presencia de la policía en el campus y la prohibición de las reuniones de estudiantes, cuya comparación con el reglamento Mordaza que se trató de imponer desde rectorado el curso pasado para controlar y ejercer la censura sobre el movimiento estudiantil es inevitable. El Gobierno llega a suspender el estatuto de autonomía de las universidades de Madrid, el rector dimite y su sucesor, Julio Rodríguez Martínez, acompaña la represión policial con la académica: abre expedientes a estudiantes, despide a profesoras y cierra departamentos. Durante estos años, multitud de estudiantes y profesoras universitarias serían no solo perseguidas y apaleadas, sino también encarceladas y torturadas.

Pero, por suerte, todo eso es cosa del pasado… ¿O no? Algunas nos preguntamos si tiene sentido mantener una estructura arquitectónica específicamente ideada para facilitar la represión y que, además, supone una tortura para las personas con movilidad reducida, mientras se gastan millones en construcciones faraónicas de dudosa utilidad más allá de albergar empresas privadas, como el edificio de Plaza Mayor. Ya hemos mencionado antes la similitud entre la prohibición de las reuniones de estudiantes y el intento de reglamento Mordaza. Pero, aunque gracias a la oposición del movimiento estudiantil este no se llegase a aprobar, la legislación en las universidades dista bastante del ideal demomocrático del que tanto presumen: el régimen disciplinario que hoy día tiene vigencia data nada menos que de 1954, en pleno franquismo, y es fiel hijo de su tiempo en cuanto a normas y garantías jurídicas. Tampoco nos olvidamos de las más de 50 estudiantes detenidas en 2014 durante una huelga estudiantil contra la subida de tasas y los recortes en becas, cuando la policía antidisturbios irrumpió en la Universidad Complutense. Ni de la presencia constante de furgones de policía en la UAM durante la huelga del pasado 9 de marzo.

Si nos molestamos en escarbar y mirar bajo capas y capas de democrático maquillaje institucional (este año, con motivo del ‘50 aniversario de la UAM se prevé una interesante operación cosmética), quizá nos demos cuenta de que las cosas no han cambiado tanto. De que cambian las formas, pero que el objetivo, en dictadura y en ‘‘democracia’’, siempre ha sido el mismo: tener una comunidad universitaria acrítica y pasiva que, durante su paso por la universidad, y tras este, sirva a los intereses de las élites políticas y económicas. No lo permitamos.

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