Las voces calladas

“Mentira y más mentira”. Mis oídos no daban crédito a lo que estaban escuchando. “Esto es una vergüenza”, pensaba mientras un psicólogo de la Policía Nacional daba una ponencia de violencia de género en el ámbito penal y jurídico, ponencia que no aplaudí una vez finalizada. ¿Cómo podían acabar de mostrar a las estudiantes universitarias presentes que era un camino de rosas denunciar hechos y agresiones machistas? Con mi cuerpo tembloroso y el pulso acelerado, me vi en la obligación de expresar mi indignación, así que me dispuse a coger el micrófono y a contarles todo lo que yo sabía sobre el asunto. Cuando acabé, un aplauso confortable y repentino rompió el silencio de la sala se vio interrumpido por la contestación esperada del ponente, quien solo supo contestarme: “habría que ver los hechos que se habían denunciado, y lamentablemente no puedo darle ninguna respuesta”.

¿Queréis saber qué es a lo que tuve que hacer mención? Os lo cuento con la condición de que no quede entre nosotras, que lo compartáis y no caigáis en la tentación del silencio.

“Mujer, casada, 23 años; tras mucho tiempo sometida en un matrimonio machista, un buen día, al llegar a casa, se encontró con la imagen de su marido echándola a patadas acompañado de un arma de fuego en la mano; posteriormente, ese mismo día, continuó con amenazas de muerte vía telefónica. Tras recibir el apoyo de amigos y familiares, esta mujer tomó el valor para denunciar dichos hechos y poner fin de una vez por todas a ese matrimonio, y nadie, absolutamente nadie puede criticar preguntando por qué tan tarde o incluso opinar que ellos no habrían tolerado ni lo más mínimo; comentarios que además esta mujer tuvo que aguantar. Una vez decidida a denunciar, acudió a la Policía Nacional, quienes la derivaron a la Guardia Civil, quienes le dijeron que su vida no peligraba porque no había recibido daño físico importante y que se fuera al juez de guardia de la localidad donde se encontraba el domicilio conyugal. Imaginaos lo que supone psicológicamente tener que contar tres veces un caso así, y todo porque nadie te informa adecuadamente del proceso. Cuando denunció, el agresor no fue detenido inmediatamente como nos hacen creer y se espera directamente para realizar el juicio rápido en los que destacan los siguientes hechos:

  1. Esperan todos juntos en la sala de espera teniendo que verse las caras agresor y agredida.
  2. El juez habla mal y encima se atreve a decir que se guarda su opinión al respecto. ¿Qué opinión?
  3. Se lo condena a 10 días de arresto domiciliario.
  4. Una orden de alejamiento de un mes.

El hombre no tuvo un seguimiento adecuado, ya que tan solo dos veces en diez días se acercó la Guardia Civil a vigilar que el agresor continuase en su domicilio, y tan sólo dos veces en un mes recibió la víctima la llamada de la Guardia Civil que le habían asignado en su caso para comprobar que estaba viva. Ninguna intervención después del cumplimiento de la condena, ni una evaluación de ningún tipo ni al agresor ni a la víctima, tampoco una aportación de acompañamiento psicológico para la denunciante, porque vamos a hablar claro: o estás en coma en la camilla de un hospital o no te toma en serio ni dios, y que yo sepa por estos acontecimientos y muchos más que no quiero demorarme en explicar son factores de la violencia de género en todo su esplendor. Aún tenemos que dar gracias porque esta mujer haya tenido unos factores de protección que la han ayudado a no tener una patología grave más allá de ansiedad producida por las humillaciones, vejaciones, los juicios de opinión de ignorantes —además de los que hacen los propios familiares del agresor—, los comentarios, la vergüenza de tener que exponer tu vida e incluso el cambio de vida para poder vivir con tranquilidad. Así que, por favor, que alguien me diga dónde está el límite que separa algo leve o algo grave, en qué punto se interviene realmente para proteger a la víctima, en qué momento se controla lo que sucede después de la denuncia, en qué momento alguien se atreve a decirte que tu vida no peligra cuando por cosas menos “peligrosas” mujeres han muerto a manos de sus parejas o exparejas.

Recientemente conocimos el caso de la mujer asesinada a manos de su ex-pareja delante de su hijo tras haber denunciado en cuatro ocasiones. Desgraciadamente, no es de extrañar, en vista del proceso jurídico y penal tan “bueno” que hay. Las campañas de violencia de género nunca se atreven a decir qué ocurre después de la denuncia. Luchemos todas juntas por una justicia real, porque será el hombre quien empuña el arma, pero es la sociedad la que lo permite.

Ni una menos. Ni tampoco un niño menos.

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