Ecos desde Latinoamérica

 

“…la despatriarcalización es a las mujeres lo que la descolonización es a nuestros pueblos indígenas…”

Gabriela Montaño

Consciente de la imposibilidad de hacer un seguimiento completo de las actividades (tantas charlas, debates, comunicaciones, conciertos, etc.) que se estaban llevando a cabo en el encuentro internacional por los 50 años de Che en Bolivia, abandoné mi pretensión inicial de escribir una crónica que lo abarcase todo y me relajé. Cambié el chip. Pasé de periodista a oyente. Y aunque asistía a todas las actividades que podía —y con los ojos y los oídos bien abiertos—, las notas que iba tomando en mi cuaderno iban más destinadas a mi yo del futuro que a un futuro artículo para Voz Autónoma.

Pero hubo una excepción. Supe que iba a serlo cuando Julieta Paredes, la primera de las ponentes, tomó el micrófono, se levantó y comenzó a cantar “Hasta siempre, comandante” con una voz cuya fuerza y carácter, creo, impactó a todas las personas que estábamos en la sala.

La conferencia tenía como título “Despatriarcalización, descolonización y antiimperialismo para el proceso de cambio”. Eran tres las ponentes. Además de Julieta Paredes, presentada por la moderadora como poeta y cantautora aymara, componían la mesa Gabriela Montaño, presidenta de la Cámara de Diputados de Bolivia, y Claudia Korol, educadora popular y activista argentina.

“Lo que nos seduce del Che a los trece o catorce años”, comenzó Paredes, “es que él puso el cuerpo. Nunca dejó de hacerlo. Y nosotras también lo hacemos. Nosotras no hemos dejado nunca de poner nuestro cuerpo, nuestra piel aymara, quechua…”.

Julieta Paredes integra un movimiento denominado feminismo comunitario. Para ella, “las mujeres somos la mitad de cada pueblo, la mitad del proceso de cambio y cada problema y cada solución. Las mujeres somos la mitad de la revolución”. Con su último libro, El desafío de la despatriarcalización, “estamos disputando el concepto de la política pública” y el gobierno ya no es para ellas algo lejano e inaccesible; ya no es un “territorio desconocido”. Luego de once años de lucha ya no existe “ese miedo a equivocarse que teníamos al principio”.

Julieta Paredes: “Nosotras no hemos dejado nunca de poner nuestro cuerpo, nuestra piel aymara, quechua…

Otra tarea del feminismo comunitario es la descolonización del tiempo. “Pensemos”, decía Paredes, “en la línea del tiempo de Europa y la de Abya Yala”, el nombre que tenía América antes de ser renombrada tras la conquista. Hay que separar ambas líneas del tiempo. “1492. Se produce un entronque de patriarcados: el patriarcado ancestral y el colonial, y para entender esto hay que descolonizar el tiempo. Europa toma nuestro tiempo”, todo el tiempo previo a la conquista, “y nos comprende, nos comprime, nos reduce y nos pone en su pasado y comenzamos a ser los salvajes, los incivilizados, los atrasados, los subdesarrollados, los flojos, los ignorantes, los feos, las feas, las tontas, las violentas. Esto, hermanas, es lo primero que debemos hacer: recuperar nuestro tiempo, descolonizar nuestro tiempo, lo nuestro, nuestras formas. Y este proceso necesita de los aportes que hace el feminismo comunitario, hermanas. Porque nuestro hermanos indigenistas también han trabajado la descolonización del tiempo, pero no así, nunca de esta forma”.

“Si algo nos enseña el Che”, continúa Paredes, “es que hay que crear constantemente. De ahí el nombre, “mujeres creando”, que adoptaron en los 90, para que la imaginación no la agarre y monopolice el sistema; porque “al enemigo hay que sorprenderlo con creatividad”. Y del Che también recupera el amor que sentía por los pueblos americanos. “Nosotras, las feministas comunitarias, amamos a nuestro pueblo”. Pero al Che lo traicionaron, y ese mismo enemigo interno lo encuentra Julieta Paredes en el propio movimiento feminista. “Ustedes saben de todo ese caminar mentiroso, difamador, calumniador, que acompaña a todos los procesos políticos de cambio. Lo han hecho con Evo Morales, con el hermano Maduro y con otros tantos. Ese enemigo contra el cual están peleando también está dentro de nosotros, a nuestro lado”. Desde el feminismo comunitario, un movimiento en toda Ayba Yala, decimos ‘no somos feministas ni lo seremos’: somos feministas comunitarias. Inauguramos un nuevo momento a partir del proceso de cambio y de la despatriarcalización como política pública. Este movimiento articulado enternece y convoca a nuestros compañeros a construir en común. La propuesta del feminismo comunitario no es enfrentar los derechos individuales de los hombres a los derechos individuales de las mujeres. Respetamos su lucha, hemos aprendido de esas compañeras, pero no somos feministas.”

Para explicar su proyecto, Julieta Paredes recurre al cuerpo como metáfora. El cuerpo es la comunidad. “Nosotras hablamos de la comunidad, y desde ella convocamos a construir a nuestros hermanos y compañeros diciéndoles: este hombro, esta mano, este pie son ustedes; este otro hombro, esta mano, este pie somos nosotras”.

“Decía el comandante Chávez”, continúa Paredes, “que sin feminismo no hay revolución. Y es lo mismo que decimos nosotras. Queremos mirarnos de igual a igual con los hombres. No nos queremos patronas. No queremos dirigentes ni caudillos”. Regresando a la metáfora del cuerpo, señaló que “este ojo de ustedes está abierto, pero también existe el otro ojo”, el que representan las mujeres, “que es el que falta a las revoluciones. Y terminó: “esta mirada es la que falta en los procesos y es una mirada muy valiosa”.

Y, sin previo aviso, con la voz a medio romper, profunda, cerró su intervención cantando emocionada “Ay, Che camino”. Ya se sabe… “patria o muerte es mi destino”.

El relevo lo tomó Claudia Korol.

Comenzó recordando que hacía entonces dos meses de la desaparición Santiago Maldonado, el artesano a quien se perdió la pista tras una manifestación por el pueblo mapuche y cuyo cuerpo sin vida fue hallado hace unos días en el río Chubut. Señaló a la gendarmería como responsable y exigió —duele transcribirlo ahora— “que aparezca con vida Santiago Maldonado ya”.

Al Che también lo desaparecieron. Hay una historia de desaparecidos en nuestro continente. Los 30000 desaparecidos en la Argentina” y otros tantos en el resto de América Latina conforman “una historia de impunidad en nuestro continente que tiene más de cinco siglos. Y nuestra lucha como feministas populares”, el movimiento al que pertenece Korol, “es enfrentar esa pedagogía de la crueldad a aquella que nos enseñó el Che, el humanismo revolucionario. Eso que nos enseñó: no dejar nunca a una hermana herida, como Tania, por ejemplo.” Aludiendo a aquel hombre nuevo que buscaba apasionadamente el Che, Korol habló de la mujer nueva. “Y no es quien acompaña al hombre nuevo, quien cuida a sus hijos o hijas, es la que está en la lucha revolucionaria, cada día, asumiendo los desafíos y las distintas formas de lucha que nos plantean los diversos momentos históricos que tenemos que vivir”.

Claudia Korol: “Nuestros son territorios son espacios donde se libran guerras contra la vida de las mujeres y de los pueblos”

Día a día vivimos feminicidios, violencias, distintos modos de amenazas (redes de prostitución, de trata) tramadas directamente con las redes del narco, el tráfico de armas, etc. Nuestros territorios son espacios donde se libran guerras contra la vida de las mujeres y de los pueblos”. Pero frente a su proyecto de muerte hay un proyecto de vida. “Las feministas populares”, decía Korol, “tenemos un proyecto de vida que presentar como parte de los procesos de cambio de nuestros pueblos, nunca al margen”.

El primero de los planteamientos que propuso Korol es el de vivir en revolución; precisamente, uno de los núcleos del pensamiento guevarista: la necesidad de crear una subjetividad revolucionaria en todos los momentos de la lucha. “Pensarnos en revolución en cualquier circunstancia. Crear entre nosotras y nosotros nuevas relaciones que no estén basadas en la misma violencia que el sistema nos enseña, relaciones que tengan que ver con la ternura, la solidaridad”. A partir del texto del Che El socialismo y el hombre en Cuba, Korol señaló la enajenación que el capitalismo genera en nuestras vidas vidas. “El patriarcado nos enajena; el colonialismo nos enajena. Vivimos nuestras vidas como si no fueran nuestras. Superar la enajenación a través de la recuperación de nosotras mismas como seres humanos íntegros es fundamental para enfrentar este momento histórico, que nos hace individualistas y nos lleva a la fragmentación y al enfrentamiento entre nosotros y nosotras”.

Luego de preguntarse¿la revolución socialista es feminista?, ¿o será una caricatura de revolución?”, habló de la necesidad de participación de las mujeres, lesbianas, trans…, en un proceso de construcción de sujetos organizados; y, como se dijo antes, no se trata de acompañar el proceso, sino de protagonizarlo. Somos parte: estamos actuando, estamos creando”. Las feministas populares construyen, dialogan y también discuten con otras corrientes del feminismo. No están de acuerdo, por ejemplo, “con ese feminismo institucionalizado que pedía o se conformaba con una cuota de poder dentro del sistema”. Creen, por el contrario, que “para un proceso de revolución hace falta un feminismo popular; la despatriarcalización debe recuperar todas esas experiencias feministas de las trabajadoras, de aquellas que iniciaron los procesos de lucha por las condiciones de vida, de trabajo de las mujeres; las luchas históricas de las hermanas que abrieron camino con su presencia en las revoluciones: Bartolina [Sisa], Juana Azurduy, Tania o Berta Cáceres”.

“El ‘ya basta’ debe alzarse como un muro”. Y culminó Korol: “necesitamos descolonizarnos nosotras, despatriarcalizarnos nosotras, y que la ternura que convoca nuestra lucha atraviese nuestras maneras de relacionarnos y nuestras organizaciones, colectivos y movimientos”.

“Yo voy a hacer lo único que sé hacer: compartir experiencias”, comenzó Gabriela Montaño, presidenta de la Cámara de Diputados de Bolivia. “Lo primero que hemos aprendido las mujeres en Bolivia en relación a nuestra construcción despatriarcalizadora es que es necesario generar alianzas, mecanismos de unidad con otros, que permitan que la revolución se tiña de nuestro feminismo, diverso, comunitario, popular, feminismo a secas”. Si en la Constitución, verdadero hito de la democracia en Bolivia, se introdujo una mirada despatriarcalizadora fue precisamente por esas alianzas.

El feminismo, obviamente, no puede introducirse del mismo modo en Europa que en una población indígena latinoamericana. “Una compañera”, decía Montaño, “me preguntaba ¿y qué es despatriarcalización, Gabriela? Y pensé que, en un proceso de descolonización tan vivo como el boliviano, la manera más sencilla de explicarlo era recurrir a la siguiente frase: la despatriarcalización es a las mujeres lo que la descolonización es a nuestros pueblos indígenas en Bolivia”.

Gabriela Montaño: “La despatriarcalización es a las mujeres lo que la descolonización es a nuestros pueblos indígenas en Bolivia”

Montaño no cree en luchas independientes; por el contrario, considera que la despatriarcalización, la descolonización y la lucha antiimperialista deben confluir en un mismo cauce. “Yo no soy una feminista que crea que hay que pelear por los derechos de las mujeres y punto; entiendo que esa lucha está entroncada con la de nuestros pueblos, la de los trabajadores y trabajadoras, si no tampoco le encuentro sentido”. De ahí que la alianza con otros sectores de la sociedad sea una cuestión fundamental, sin la cual “la paridad y la alternancia presente en nuestra Constitución no habría sido posible”. Una paridad que sustituyó el sistema de cuotas que regía antes la vida política boliviana para proporcionar una representación real a las mujeres: “si somos el cincuenta por ciento, queremos el cincuenta por ciento”.

Si bien es cierto que todavía el aborto es considerado, a priori, un delito en Bolivia, en los últimos tiempos se ha producido una ampliación de los casos en que está permitido interrumpir el embarazo. “Son veinte años de lucha por despenalizar el aborto en nuestro país”. Y lanzó cifras: Son 500 mujeres las que mueren en Bolivia en los 60000 abortos clandestinos que se producen cada año, y el aumento de casos en que se permite abortar pretende reducirlas.

Activista mapuche sosteniendo un cartel contra la represión sobre su pueblo

Y retomó las palabras de su compañera: “como dijo Julieta, no estamos pidiendo por favorcito; lo vamos a tomar y preferimos que esa acción y construcción sea compartida.”

Cuando la charla iba a concluir y la moderadora se disponía a despedirnos, tomó la palabra una mujer mapuche que se había acercado lentamente y en silencio, por un costado, a la mesa donde se encontraban las ponentes. Le cedieron un micrófono y leyó un breve manifiesto. En sus manos, llevaba un cartel donde se leía un mensaje de protesta por la represión que se está ejerciendo sobre su pueblo.

Igual que las palabras de aquella mujer cerraron la charla en Vallegrande, que cierre este artículo el recuerdo al joven mapuche de veintidós años que asesinaron las autoridades argentinas, hace una semana, durante una acción represiva en Villa Mascardi.

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