A Ítaca por el carril bici

Vivimos en la ciudad de los coches. La gente se aparta o se detiene para que los coches pasen, porque de eso se trata: de avanzar siempre. Lo que la gente desea es moverse rápido, tan rápido que es imposible no perder de vista lo que se deja al costado. La premisa es mirar al frente y pisar el acelerador. Rugir como los motores y desplazarse veloces, desbocados, aunque por el camino aplastemos las bicis.

Eso es el progreso. Ir del punto A al punto B sin que importe lo más mínimo lo que queda por el camino. Y, lamentablemente, ese mismo discurso del progreso nos constituye. “¿Qué quieres ser de mayor?”. Se nos pregunta a dónde queremos llegar, se nos disciplina imponiéndonos una meta, un fin. Y por medio está la violencia, sea en clase o en el hospital, en el equipo de fútbol o en el comedor del colegio.

Incluso cuando leemos críticamente nuestra posición social e intentamos organizarnos políticamente para subvertirla, ese mismo imaginario del progreso nos sigue impregnando. Perseguimos la revolución como fin, no como práctica, y cuando dejamos de creer en utopías generamos otros fines, objetivos menores como frenar una ley o ganar unas elecciones, que son como pequeños mordiscos a una zanahoria imposible.

Y todo eso está bien. En una sociedad descreída, donde los fines de muchas vidas están en lo que a nuestros ojos es superfluo (sea comprarse un móvil de última generación, el último modelo de zapatillas o perfilar una imagen personal que bocetaron otros), colocar en el horizonte un objetivo orientado al bien común resulta, como poco, legítimo.

A veces, sin embargo, nuestra obsesión con ciertas metas nos lleva a perder el entusiasmo. Nuestros brazos adquieren un peso que hace imposible alzarlos. Nos hacemos todo desaliento y, sobre todo, olvidamos que el enemigo —acaso una tropa, un ejército— también está en nosotras mismas. Que nuestro problema no se abre y se cierra solo con quién ocupe el decanato, ni con la aprobación de la enésima ley que se carga de nuevo la educación pública, ni tampoco con la independencia de Catalunya.

Lo que sucede fuera nos duele porque nos conforma, pero nuestro problema está también dentro. Nos cuesta querernos. Y juntarnos. Nos cuesta hablar. Nos sigue pesando como una losa encima del pecho aquel “¿Qué quieres ser de mayor?”, y que a eso que seremos le llamarán “polla” o “coño” —con lo que ello conlleva, ya lo sabemos—. Nos sigue pesando la bandera de España por la televisión cuando “ganamos” el Mundial y nos sigue pesando que eso que llaman España lo ubiquen en eso que llaman Occidente. Nos pesa que nos pongan nombre. Que no nos dejen inventarnos.

Tal vez lo escuchamos en la voz de Kase O, en la mítica “Fuego camina conmigo” de Doble V, antes de leerlo en la “Ítaca” de Cavafis, pero la intertextualidad en este caso no corrompió el concepto: el viaje, no el destino, es lo que importa. Cantaba el maño:

Sentados en el meridiano de Greenwich,
dejábamos colgar las piernas,
sabiendo que la búsqueda era eterna,
y que hay muchas paradas a lo largo del camino
y que lo importante no es llegar,
sino el camino en sí.

Y vale la pena volver al poema del egipcio Cavafis y acercarlo a nosotras para pensarnos en la ciudad y preguntarnos “¿por qué no transitar el carril bici?”.  Y, sobre todo, no apresurarnos, esperar, hacerlo al menos durante un rato, y dejar nacer en nosotras de a poco la respuesta.

Cuando te encuentres de camino a Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al enojado Poseidón no temas,
tales en tu camino nunca encontrarás,
si mantienes tu pensamiento elevado, y selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo tienta.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los coloca ante ti.

Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con qué alegría, con qué gozo
arribes a puertos nunca antes vistos,
detente en los emporios fenicios,
y adquiere mercancías preciosas,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y perfumes sensuales de todo tipo,
cuántos más perfumes sensuales puedas,
ve a ciudades de Egipto, a muchas,
aprende y aprende de los instruidos.

Ten siempre en tu mente a Ítaca.
La llegada allí es tu destino.
Pero no apresures tu viaje en absoluto.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.

Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.

Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.

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