Cinco a cincuenta años del adiós del Che

los muros de Vallegrande son diarios de amor
y de guerra
testimonio de lo que late o se imagina o se piensa
Bolivia dice no
escriben los que no escriben
los que quieren tachar de verde dólar el porvenir de sus pueblos
los que no saben u olvidan que hay más colores

hay sin embargo otros
                                      por fortuna
otros
los más humanos
los que se aman y se odian sin pedir nada
ayer
por ejemplo
ayer paseaba por una calle y leí
Yanela
          te querré siempre
y al doblar la esquina
                    Yanela
cómo pudiste
y todo
la alegría y lo amargo y lo futuro
y lo pasado
todo en Vallegrande
                        apenas en un paseo
                         en unos pasos
con crepitar de tierra en la sombra que arrastro
en los muros de adobe que todo lo guardan
celosos
entre las montañas
                           hasta que la lluvia quiera

En Vallegrande, el pueblo donde personas de cada rincón del continente se reunieron hace unos días para conmemorar el asesinato del Che Guevara, gran parte de los bolivianos que escucharon aquel disparo último hoy votan a la derecha y llenan sus muros con declaraciones de amor y de odio, con consignas políticas rechazando a Evo y con murales de Coca Cola, Fanta y Sprite.

Se entreveran y oponen el adobe y el logo, la voluntad de cambio y el enquistamiento.

En el mismo pueblo donde se celebraba la alegría de la memoria, frente al edificio de la subgobernación, apenas a un kilómetro del mausoleo del Che, los militares se condecoraban entre sí aplaudiendo la muerte que dieron o la vida que robaron, cincuenta años atrás, a un guerrillero que aún representa a tantos otros, a los que fueron y a los que están por venir.

¿Será que no hay excepción? ¿Que no es posible escaparse? ¿Será que debe haber siempre un “dark side of the Moon”?

Cuando advirtió que le estaba haciendo una foto, bajó de la escalera y se acercó a mí. Le dije que me gustaba el mural y me preguntó por qué. No lo sé, admití, la verdad es que me has jodido con la pregunta. Me reí y se rio. Cuando supo que estudiaba Letras me preguntó por mi poeta preferido. No estaba preparado. Improvisé un Neruda y lo argumenté con su Canto General. Otra forma de leer a América, de viajar por ella, le dije. Pero no le convenció. Le devolví la pregunta y me respondió con un Roque Dalton, otro que no recuerdo y, por encima de todos, el gran Walt Whitman. Ah, Whitman, sí, creo que encaja bastante con usted, le dije. Whitman es también un muralista.

Creo que fue ese comentario el que lo animó a hablar.

Luego entramos en una conversación que transitó varios temas: literatura, política, revolución; en este orden. Se mesaba la frondosa barba blanca y miraba los muros blancos que rodeaban la lavandería donde se exhibió el cuerpo del Che luego de su ejecución. No me gustan los muros blancos, me dijo. Ni todo esto que han armado para delicia de los peregrinos. Al Che no le habría gustado. Le señalé la diferencia entre el pórtico de entrada al recinto de la lavandería y el resto del pueblo. Es cierto, me dijo, y por eso no me gusta.

En su mural Tania ocupa un lugar muy importante. Sin ella, me dijo, el Che no habría podido entrar en Bolivia. Ella fue quien trabajó todo ese asunto y está muy olvidada, Tania, ahora, dijo ajustándose la gorra verde de guerrillero, moteada de gotas de pintura.

Es una lástima que conversaciones así no puedan grabarse. Olvidé mucho, me temo, y me he dado cuenta a mitad de texto de que no quiero falsear el recuerdo. Optaré, a falta de otra solución, por dejar caer aquí un par de frases que anoté en mi cuaderno poco después de despedirnos:

—Roque Dalton era un poeta iconoclasta. Lo mismo que Nicanor Parra. Lo que ocurre es que Nicanor era algo más. Nicanor era un filósofo.

—Comparto con Cortázar ese comentario —¿cómo era?, ah, sí— de que si la revolución política no había logrado alcanzar la revolución cultural, tal vez habría que hacer el camino contrario.

Y habrá más, estoy seguro, pero qué le voy hacer.

Nos despedimos —con un apretón de manos y pintura— y unos pasos después me di cuenta de que no sabía su nombre. Fredy Escobar, me dijo. Y lo felicité de nuevo por el mural en proceso y le dije chau y lo dejé trabajando con el Che y con Tania lo que de luz le quedaba a la tarde.

Capitalismo en América Latina // posible definición gráfica // una mujer cansada, caminando en chanclas bajo el sol de las doce del mediodía por un camino de tierra y grava, dirigiéndose a La Higuera para vendernos una Coca Cola fría luego de una caminata de unos cuantos kilómetros. A nosotros, los sedientos. A nosotros, que gritamos “revolución” y venimos a La Higuera a llorar a quien la hizo.

Basta con mirar para ver, y no vale cerrar los ojos si lo que vemos no nos gusta. Las contradicciones que nos nacen son como la fiebre en nuestro organismo: síntoma y no problema.

El Estado plurinacional de Bolivia es un ejemplo de soberanía y dignidad para toda Latinoamérica. Quién lo duda. Su reconocimiento de los pueblos originarios y su resistencia ante las grandes multinacionales y el imperialismo norteamericano y europeo es una conquista enorme que reivindicar. Y aquí lo reivindico.

Pero el camino es largo y hay que andarlo; y además con firmeza, porque el enemigo es grande, enorme, con tentáculos que todo lo alcanzan.

Que no esté todo hecho en Bolivia no es una derrota, sino una muestra de que la lucha nunca termina. Y si no lo hace es por su condición de brecha, de horizonte, de posibilidad; porque la lucha es la conciencia de que todo está por hacerse.

La última luz que vio el Che, aquel 9 de octubre, debió de ser parecida a esta.

No había siluetas de por medio, claro. Nosotros no estábamos. Las paredes de la escuela donde lo mataron no estaban llenas todavía de mensajes con su nombre, con sus palabras. Hace cincuenta años, en esas paredes, nadie le había escrito todavía al Che despedida alguna. Ni un “Hasta la victoria siempre”, ni un “Hasta siempre, comandante”. Ahora muchos de los que pasan dejan fotos suyas, de sus hijos o parejas, y escriben poemas, saludos, consignas e incluso súplicas.

Un periodista argentino que nos acompañaba, por ejemplo, trajo consigo una foto de su hijo, llamado Ernesto en homenaje al Che, para pedirle al comandante que le curase una enfermedad que le impedía andar desde hacía años. Nos lo confesó sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la fachada de la escuela. Tenía los ojos húmedos pero sonreía. Se encogió de hombros. Nos dijo que le daba un poco de vergüenza contárnoslo, pero que necesitaba compartirlo con alguien.

En la escuela hay, además, un muralito con la bandera cubana y la wiphala, el rostro sonriente del Che con la sierra boliviana a la espalda y, entre los picos, una estrella roja amaneciendo de a poco el cielo.

Todo ha cambiado, imagino. En medio siglo cambian muchas cosas. Pero la sierra y la tierra seca que rueda por la ladera que se ve al fondo sí debían de estar ahí. Y también la luz, que brilla fuera tal vez igual que brillaba entonces, hace cincuenta años, poco después del mediodía de aquel lunes.

Noticias relacionadas:

One thought on “Cinco a cincuenta años del adiós del Che

  1. Y nada más bonito que haberlo vivido a tu lado, compañeros de historia, compañeros de música, compañeros poetas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *