Turismofobia

Durante este verano se ha puesto de moda un término, inventado por los grandes medios de comunicación, que pretende dar nombre al rechazo al aumento de la presión turística que se está dando sobre todo en Barcelona y las Islas Baleares. El término en cuestión es “turismofobia”, y ha sido presentado como una especie de enfermedad que tienen unos cuantos antisistema que, a veces, se tornan violentos.

La etimología misma de la palabra desvela de por sí que ésta contiene una trampa en su interior. “Fobia” viene de la palabra “phobos”, griega, y significa miedo, aunque actualmente su connotación suele ser mayormente la de odio. Dicha palabra establece un paralelismo evidente con otra similar: xenofobia, donde  “xenos”, también proveniente del griego, significa extranjero.

Así, la turismofobia (palabra que mi corrector de Word, más honesto que muchos empleados de Cebrián, sigue sin reconocer como válida) significaría algo así como el miedo o el odio al turista. Este término, que ha sido fabricado como el monstruo de Frankenstein (con intenciones, quizá, más oscuras) quiere designar a aquella gente que en Barcelona lucha por una regulación del turismo, en particular por la limitación de las plazas de hotel disponibles en su ciudad, por establecer un control serio sobre Airbnb y otras medidas para limitar la entrada de visitantes foráneos. Fue muy sonado también el ataque contra un autobús turístico en Barcelona a finales de julio y que constituye el punto álgido de menciones de la dichosa palabra en la prensa tradicional española. Dicho ataque produjo lo que parecía pretender, dar visibilidad a una postura política a la que se estaba ignorando deliberadamente. El mismo consistió en hacer varias pintadas en el vehículo, hecho que bastó para que los autores fueran llamados violentos.

Turismofobia, por tanto, es un término tramposo de por sí, independientemente incluso de cómo o en qué contexto se use. Quiere significar un rechazo contra la generalidad de los turistas, cuestión negada por las asociaciones a las que se ha identificado con la palabreja, que repiten, una y otra vez, que su lucha tiene que ver con el exceso de turistas que provoca brutales subidas de precios y convierte cada vez más barrios, pueblos y dentro de poco ciudades en lugares invivibles para los trabajadores. Estos últimos, además, no participan en los beneficios del sector turístico porque los empleos relacionados con el mismo son esencialmente de duración determinada y están tremendamente mal pagados. Además, la cuestión medioambiental también es esencial: desde la Ley del suelo de Aznar, uno de los pilares de la burbuja inmobiliaria, hasta la Ley de Costas del Gobierno de Rajoy el deterioro y la urbanización masiva de pueblos y ciudades costeras, en particular levantinas, no ha conocido límites. La pérdida de paisajes naturales, playas y ríos, es ya enorme y sigue aumentando. Y desde luego no es un proceso con final feliz. Continuará y lo hará por las costas norteñas, que cuentan con un terreno revalorizado por la autovía del cantábrico. Y el mercado, que sí que se regula solo, pero a través de crisis y desastres económicos, acabará mostrando una brutal burbuja turística, sector del que cada vez depende más la economía de éste país. Recordemos que buena parte del boom turístico que estamos viviendo depende de la violencia que se ha desatado en los países árabes y el rechazo que generan en cada vez más población europea debido al auge de la propaganda islamófoba y racista. No nos engañemos, esos países (Egipto, Libia, Argel) recuperarán su estabilidad como parece que lo hace Marruecos. Nos extrañaremos, por supuesto, como hace diez años, de que del sistema no es sostenible.

Antes de concluir quisiera subrayar también que España incumple el Pacto Europeo de Acogida de refugiados habiendo aceptado a tan sólo el 11% de los que le corresponden, a menos de un mes para que se cumpla el plazo para conceder los derechos de asilo. Téngase en cuenta que el total de personas asignadas a nuestro país no pasa de los 18.000, cuando sólo a las costas de Italia, en los últimos tres años, han arribado más de 500.000. La lucha contra los excesos del turismo se eleva también a subrayar el clasismo de los dirigentes de nuestro país, donde sólo los ricos parecen ser bienvenidos.

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