Construyamos un ocio que nos incluya a todas

Existen ciertas situaciones y contextos en los que, aparentemente, el ánimo y el ambiente general son alegres, positivos, entusiastas, y en los que normalmente la gente se muestra más abierta y receptiva a relacionarse con otras personas. Esto puede darse en cualquier reunión social, ya sea en un bar, una discoteca, un festival o un parque.  No obstante, estos espacios de ocio, al igual que el laboral, familiar, etc., no se ven libres de conductas, actitudes y comportamientos machistas. De hecho, en muchas ocasiones, estas conductas se encuentran más apoyadas y legitimadas socialmente en estas situaciones, bajo la excusa de producirse en un ambiente distendido y de diversión. Pero no podemos olvidar que el machismo no se atenúa por esto, y que está fuertemente arraigado en la forma en que los hombres interactúan con las mujeres en este contexto.

Pongamos por ejemplo una fiesta en la que el ambiente y el ánimo permiten e incluso celebran la diversión, el conocer gente y la desinhibición. En este contexto, las dinámicas sociales, lejos de desprenderse de su fundamento machista, dan muestra de este poso al dar por sentado que su conducta y sus rituales de socialización son consensuados. La idea de que una chica tiene que mostrarse siempre receptiva y simpática cuando alguien le habla o hace un comentario, el que muchos chicos se sientan en el derecho de interpelar a una chica e invadir su espacio, ya sea por “ligar” o simplemente por hacer una broma, y el que una respuesta de rechazo o negativa sea recriminada bajo el insulto de “antipática” o “borde”, evidencian la diferenciación y la falta de empatía que tienen lugar bajo el pretexto festivo. Igualmente, el rito de conocer gente, aunque visto como un fin válido y un comportamiento natural en las personas, no es neutro ni está carente de una desigualdad asignada. Podemos observar ejemplos en los términos que se usan para referirse a conocer gente, usualmente mujeres, sacados de la guerra, los deportes, la competición: “voy a atacar a ese grupo”, “vamos de caza”, etc.

Las mujeres no tienen por qué sentirse alerta en las fiestas, no tienen por qué estar atentas por si se acerca algún tipo que no entiende un “no” (o no quiere entenderlo), por si alguien hace un comentario a sus amigos sobre ella, por las miradas intrusivas o directamente por la posibilidad de algún manoseo; las mujeres no han pedido tu opinión, no han pedido que las toques o que invadas su espacio, no tienen por qué dar explicaciones sobre nada, no tienen por qué ser simpáticas con nadie, y su respuesta negativa ante cualquier sugerencia o cuestión es en sí misma válida y no necesita reiteración o aclaración; en definitiva, son personas con diferentes opiniones, gustos, colores de pelo, razas, maneras de expresarse, formas de vestir, orientaciones sexuales, etc., a las que se debe respetar.

Los espacios de ocio son lugares donde todo el mundo debe sentirse a gusto, seguro y tranquilo, y debemos evitar que este tipo de comportamientos machistas se den en fiestas en las que se supone que todo el mundo debe divertirse teniendo en cuenta a los demás, y no unos a expensas de otros. Y no sólo debemos evitarlas en nosotros mismos, sino también rechazar estas acciones en los que nos rodean de manera contundente, ya que la complicidad pasiva o el silencio ante actitudes machistas se convierte en colaboración.

La noche, el trabajo, la calle, la universidad, la política, la literatura, la música, la ciencia también son de las mujeres, y el ocio es un ambiente más en el que la conciencia feminista y la reivindicación de espacios donde las mujeres nos sintamos cómodas y seguras deben estar presentes.

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